Una vez me imaginé con otro cuerpo, una combinación de cuerpos: un arrocero, un viejo pincel, un seductor de semidioses. Quería escribir un poema porque en mi cabeza veía el poema más hermoso del mundo. Pero cuando me puse a pensarlo, el poema se quedó sin palabras porque es difícil sostenerlas entre las manos y cogerlas con los dedos, así que decidí pintar el cuadro más hermoso del mundo.


En otra ocasión intenté huir de ser birracial. Pero ¿adónde iría?


Y al imaginar si yo era de algún color, no pude decidirme entre el índigo y el gris amarillo. Así que opté por imaginar qué forma tendría, pero ¿cómo describir la forma de la impermanencia, el contacto, la angustia, el trabajo, la piel, el sol y la mitificación


Mis cuadros están basados en las expresiones del cuerpo. Utilizan materiales y recuerdos para luchar contra las nociones del ser.


Pienso mucho en el folclore de Japón y América del Sur y en su capacidad para reinterpretar lo cotidiano. Por eso pinto y tiño ropa, cartas manuscritas e impresos efímeros de mi historia personal, recojo recuerdos, productos y expresiones de un cuerpo transcultural como modo de analizar las sociedades y examinar conceptos más amplios de imagen y objeto.