Hay una pobreza fundamental a buscar en la pintura, en su sustancia misma. Una pintura que a medida que se va constituyendo va dejando atrás toda voluntad de posesión, esa capriciosa voluntad que la lleva a querer ser la reina de las piruetas y otros maquillajes. A menudo me pregunto que pasaría si San Francisco entrara en mi taller. ¿Cómo se verían mis pinturas junto a sus ropas?, ¿cuánta mentira aparecería frente a mí, viniendo desde ellas?, ¿cuánto artificio?, ¿cuánto arte?

Que los otros pinten como quieran, que sean creativos si lo desean, inventivos también. Yo, en este asunto, solo quiero respirar.

 

HP-B
una mañana en Londres